La excelencia se construye de pequeños gestos

OKCada mañana entra en la cafetería a la misma hora. Viene acompañada por sus dos acompañantes invidentes que parece tener a su cargo. Dos señoras, cada una agarrando suavemente uno de sus brazos. En ese momento dejo de leer la prensa y con una cierta discreción las observo, sobre todo a ella. Y esto lo llevo haciendo meses, pues para mí son dos minutos, el de la entrada y el de la salida, que merecen toda mi admiración. De hecho me empapo de lo que observo.

Siempre escoge el lugar más cercano a los ventanales, procurando no sentarse al lado de una mesa de grupo de trabajo, en la que los ejecutivos de turno hablan acaloradamente de sus cuestiones. Como si construyese una especie de burbuja en este ruidoso entorno. Una vez ha ayudado a acomodarse a sus dos acompañantes, apartando cualquier obstáculo y con movimientos suaves y precisos guía a la persona hasta el asiento. Repasa de un rápido vistazo la mesa por si queda alguna miga o elemento del desayuno anterior para retirarlo. Acto seguido va a pedir a la barra, momento que aprovecha para saludar, con un buenos días y una cálida sonrisa, siempre mirando a los ojos, a quienes allí nos encontramos. Una vez en la barra pide los desayunos correspondientes, respetando los turnos y sin que la sonrisa le abandone la cara, se lo he visto hacer cada día durante meses. Y tras dos o tres viajes a la mesa, a la que va surtiendo con todo lo necesario, se sienta.

Entonces comienza una interesante conversación con sus dos acompañantes. Digo interesante porque es lo me parece viendo la animada y alegre charla que se traen. En ocasiones alza ligeramente su cuerpo de la silla para alcanzar con su mano a quien tiene en frente y apartarle con suavidad, casi sin darse cuenta, alguna miguita que ha caído en su ropa. Y participa activamente animando la conversación. Una vez han terminado. Ayuda a sus acompañantes a ponerse las prendas correspondientes antes de salir, y como llegaron se van. Saludando, incluso desde una mesa lejana, mirando a los ojos y sin perder la sonrisa a los que allí estamos. Ambas señoras sutilmente agarradas a cada uno de sus brazos. Y sin hacer ruido ni chocar con alguno de los obstáculos propios del mobiliario o el personal que a esa hora abunda en la cafetería.

Es tal la cantidad de pequeños y exquisitos detalles que muestra esta señora, que para mí es un referente de excelencia diaria. El poder que tienen los pequeños gestos, para con sus acompañantes y los parroquianos, incluido el personal de la cafetería. Sus buenos días, gracias y por favor, sus miradas y sonrisas, la atención constante y discretísima a quienes la acompañan y son su responsabilidad. La capacidad de encajar y pasar desapercibida en ese entorno donde suelen abundar los trajes grises y azules, los movimientos de su cuerpo para sortear los obstáculos, hacer una mínima parada mientras entra el chico de los barriles, o abrir las puertas oscilantes sin que golpeen a sus señoras…es como una danza de la excelencia.

Después de verla parece que todo me resulta más fácil. Y es que para tener un día mediocre siempre hay tiempo, y la diferencia la marca, precisamente esos pequeños detalles.